Libros y la sabiduria
domingo, 12 de junio de 2022
NUESTRA SEÑORA DEL PILAR. UNA VIRGEN Y DOS DESTINOS
Autor: Sealtiel Enciso Pérez
Nuestra California del sur es una tierra llena de tradiciones y de sorpresas. Es cuestión que los historiadores nos dediquemos a escudriñar los antiguos libros y encontraremos muchas anécdotas dignas de ser referidas. En este caso vamos a abordar el caso de una virgen, Nuestra Señora del Pilar, la cual fue patrona de dos misiones cercanas, la de La Paz y la de Todos Santos.
Corría el mes de noviembre del año de 1720 cuando una balandra surcaba el golfo de California llevando entre la tripulación a dos sacerdotes, Jaime Bravo y Juan de Ugarte. Ambos llevaban la encomienda de fundar en el puerto de La Paz una misión, deseo póstumo que cumplirían al gran Apóstol de las Californias, Juan María de Salvatierra. El día 2 del mencionado mes desembarcan en la Bahía y de inmediato ponen manos a la obra e inician el desmonte del terreno para establecer una capilla. Estas actividades les llevan varios días hasta que por fin establecen el mencionado sitio en una de las lomas cercanas a la playa y donde se encontraba mejor surtida tanto por agua como protegida de los posibles embates que tuvieran por los Guaycuras que habitaban el lugar. Ya para principios de diciembre por fin arriba al sitio el sacerdote Clemente Guillén el cual había pasado 23 días en la peor de las expediciones que realizaría durante su vida. Este sacerdote partió del poblado de San Juan Bautista Malibal-Ligüí hacia este puerto de La Paz, pero la ruta la trazó por una de las zonas montañosas más peligrosas y difíciles de transitar, de tal forma que fue toda una hazaña y un milagro el que hubiera llegado con vida.
Una vez realizada la fundación de esta misión, la cual fue consagrada a la virgen del Pilar, a instancias de su principal benefactor que aportó el dinero suficiente para iniciar su construcción, el Marqués de Villapuente de la Peña. El sacerdote bajo cuyo tutelaje quedó el sitio fue el padre Jaime Bravo el cual por espacio de 8 años (de 1720 a 1728) cuidó del lugar y levantó una capilla endeble con los materiales que pudo conseguir en el lugar. En el año de 1728 el padre Bravo se retira del lugar hacia Loreto y durante 2 años queda abandonado, hasta la llegada del sacerdote William Gordon en 1830. Este sacerdote continúa su labor evangelizadora entre los Guaycuras hasta que en el año de 1734 ocurre la gran rebelión de los pericúes la cual fue secundada por los Guaycuras y que incluso llegó a poblados tan distantes como San Ignacio Kadakaamán y San Francisco Javier de Vigge Biaundó.
Durante los dos años que duró la rebelión de los Californios nadie se hace cargo del sitio hasta que en 1736, una vez conjurada esta rebelión, es destinado a este sitio el sacerdote Segismundo Taraval. Durante los siguientes años este sacerdote reanuda la catequización de los nativos sin embargo fueron años muy difíciles debido a las sequías prolongadas que afectaban la agricultura y al poco ganado del que disponían, a las epidemias que costaron la vida de muchos californios y a la carencia de agua. Fue hasta el año de 1749 que la Misión de Nuestra Señora del Pilar de La Paz Airapí es abandonada definitivamente y sus pocos catecúmenos así como la virgen y sus ornamentos son llevados a la capilla de visita que se había dispuesto en Todos Santos.
Originalmente la que ahora se levantaba como la Misión de Todos Satos había sido una “visita” fundada por el padre jesuita Jaime Bravo para cultivar alimentos y enviarlos a la Misión de nuestra señora del Pilar de La Paz. De los años de 1724 a 1726 esta visita estuvo a cargo del sacerdote Lorenzo Carranco hasta que la abandonó para trasladarse a la Misión de Santiago de Los Coras. Fue en el año de 1733 que se comisiona al sacerdote Segismundo Taraval para que funde la Misión en este sitio y que llevaría por nombre Santa Rosa (de la ensenada) de las Palmas. La razón de este nombre fue porque la benefactora que dotó los fondos para crearla llevaba el nombre de Rosa de la Peña y Rueda. Al año siguiente estalla la rebelión de los Pericúes y la misión es abandonada.
En el año de 1749, cuando la Misión de La Paz hubo de ser abandonada por los sucesos que ya mencionamos, sus escasos catecúmenos, ornamentos y la imagen de la virgen del Pilar se concentran en la misión de Todos Santos. Con el paso del tiempo las epidemias fueron incrementando su magnitud hasta que prácticamente todos los pobladores nativos murieron y debido a la dificultad que había de que los pocos sobrevivientes pudieran sostenerse fueron distribuidos en la Misión de Santiago de Los Coras Añiñí.
A mediados del siglo XIX la misión tuvo que cerrar sus puertas debido a la escasa cantidad de habitantes del poblado así como a la carencia de sacerdote permanente. Fue hasta las primeras décadas del siglo XX que empieza a repuntar la actividad económica en este sitio y la cantidad de habitantes aumenta. Es entonces cuando el templo reabre sus puertas pero ya con el nombre de Nuestra Señora del Pilar de Todos Santos, con el cual se le conoce en la actualidad. Todos los días 12 de octubre los habitantes del lugar se congregan ante las imágenes de Nuestra Señora del Pilar que se encuentran distribuidas en el poblado de Todos Santos y le cantan las “Mañanitas” así como agradecen los favores concedidos.
Hermosas páginas escritas con el romance de un tiempo ya ido pero que nos recuerda los orígenes de esta bella tierra y que debe ser recordado y celebrado como una muestra de la identidad de los sudcalifornianos.
Bibliografía:
LAS MISIONES DE BAJA CALIFORNIA/THE MISSION OF BAJA CALIFORNIA, 1683-1849. Una reseña histórico-fotográfica. – W. Michael Mathes
REFLEXIONES SOBRE LA HISTORIOGRAFÍA DE LOS ANTIGUOS CALIFORNIOS
Por Sealtiel Enciso Pérez
Desde hace muchos años, al escudriñar los textos que nos legaron aquellos sacerdotes que viajaron desde lejanas tierras a evangelizar a nuestros ancestros Californianos, me pude dar cuenta que poseyeron una cultura rica en mitos y creencias. Las reflexiones sobre los fenómenos naturales así como las respuestas a enigmas insondables y profundos los llevaron a buscar explicaciones, tal como las hicieron las civilizaciones de todo el mundo. Sin embargo si hay que cuestionarlas en su esencia, diremos que las dejaron en un estado inacabado y careciendo de la riqueza que les pudo haber dado el haber destinado más tiempo para su refinamiento.
Y es que la vida en un medio como la península de Baja California nunca fue fácil: una tierra desértica, que aunque fecunda, no contaba con su complemento, cahel, el agua, y por ello se antojaba estéril y siempre renuente a ofrecer frutos y semillas a sus moradores. Aún aquellos que vivían en las playas, en donde la abundante pesca les garantizaba alimento durante todo el año, debían de bregar contra la carencia de fuentes de agua bebible. Las ocupaciones de nuestros Californios siempre fueron el cubrir la cuota mínima de alimento que les permitiera sobrevivir un día más, algo que pudieron atestiguar de la manera más violenta los primeros colonos europeos que llegaron a esta mítica tierra en sus primeros años de estancia.
Tal vez si el clima hubiera sido más benigno con sus pobladores, como lo fue en otras partes del mundo, hubieran podido destinar largas horas a la contemplación y así desarrollar una Cosmovisión más completa y refinada como la que tuvieron nuestros hermanos Nahuas, Mayas, Toltecas, etc. Sin embargo de ninguna manera podemos afirmar que no se tuvo una cultura en la California ancestral o que esta fue tan pobre y limitada que no valga la pena hablar de ella. Asumir lo anterior sería sumarnos a un pequeño grupo de eruditos, pero lamentable y peligrosamente enquistados en puestos estratégicos, que tal vez por estar encerrados en sus “cuevas de cristal”, valoran más las culturas de otros pueblos que la que existió en esta bella península, y los constructos ideológicos de los Cochimíes, Guaycuras y Pericúes pasan a un último lugar.
Los antiguos pobladores de la península lograron establecer una serie de creencias sobre su origen como seres humanos, la existencia de seres más allá de este mundo, invisibles pero que estaban al pendiente de ellos, dándoles sus alimentos o causándoles la muerte si obraban en contra de sus designios. Fueron capaces de desarrollar un complejo entramado de reglas o “mandamientos” para regular la convivencia en el grupo y también para mantener la jerarquía y autoridad.
En esta compleja trama se descubre el papel preponderante de los Guamas, hechiceros o “embusteros” fue el término despectivo aplicado por los ignacianos, como los guardianes de las creencias y rituales de su pueblo. Estos individuos, que desde edades muy tempranas eran entrenados en especies de escuelas secretas por los oficiantes más antiguos, tenían la pesada carga de aliviar a los enfermos y, cuando esto no era posible, el ayudarlos a morir y tener un funeral de acuerdo a lo que dictaban sus tradiciones. En las fiestas y los bailes eran los encargados de dar el inicio y al mismo tiempo narrar a todos los concurrentes la esencia de sus tradiciones. En muchas ocasiones estos Guamas debían imponer su autoridad a través de una serie de castigos y reprimendas, las cuales fueron catalogadas como salvajes por los recién llegados, pero hasta ciertos puntos necesarios para ejercer la autoridad entre grupos de hombres y mujeres forjados en un medio indómito.
Existen pasajes interesantísimos que se encuentran dispersos en 4 de las obras más completas que se tienen en la actualidad sobre los grupos antiguos que poblaron la california. Son necesarias muchas horas de estudio y análisis para extractar los datos más relevantes y anotarlos de forma didáctica para hacerlos atractivos al púbico neófito pero también a aquel que le interese como fuente didáctica o de investigación etnográfica o sociológica. La trascendencia de los trabajos de investigación historiográfica de los Antiguos Californios estriba en abordar exclusivamente este tema y hacer una interpretación de las creencias y cosmovisión que permeaba a los pobladores de esta península a la luz de hacer una comparativa con otros grupos humanos que se encontraban en esta etapa así como el resaltar que en nuestra tierra calisureña sí hubo una tradición identitaria mayoritariamente oral y que buscaba la explicación de los fenómenos naturales y paranormales de una manera simple y pragmática, tal como era su pensamiento.
Hoy más que nunca es necesario que la historia tan rica de nuestros californios vea la luz y se difundida en todos los espacios, para generar un sentimiento de pertenencia e identidad tan necesaria si deseamos enfrentar con decisión y arrojo los retos que nos depara el destino. Ninguna civilización ha podido llegar a su plenitud desconociendo sus raíces, minimizando o negando su pasado.
Identidades y resistencia. Los antiguos Californios y el sistema Misional Jesuita en el siglo XVIII
Autor: Sealtiel Enciso Pérez
Ante la llegada de los misioneros jesuitas a la península de California en el mes de octubre de 1697 se inicia el proceso de colonización y dominación sobre los habitantes milenarios de estas latitudes. El propósito que motivaba a estos religiosos era la evangelización de todos los “gentiles” con el propósito de ganarlos para la “gloria eterna”. Este proceso debía conllevar una serie de etapas las cuales eran bien conocidas por estos religiosos puesto que habían tenido oportunidad de generar todo un sistema alrededor de las llamadas “reducciones” en diferentes partes del mundo (Asia y Sudamérica).
Sin embargo este proceso de “aculturación”, como lo denomina Ignacio del Río Chávez, no estuvo exento de controversias con los nativos entre las que podemos mencionar su renuencia abandonar la poligamia así como sus creencias espirituales, las cuales eran consideradas como “demoniacas” por los Ignacianos. En muchas ocasiones se dieron enfrentamientos que no culminaron en hechos de sangre debido al apoyo que prestaban a los religiosos los soldados que los custodiaban pero que dejaban claramente establecido que este proceso no sería tranquilo.
“El concepto de identidad no puede verse separado de la noción de cultura, ya que las identidades sólo pueden formarse a partir de las diferentes culturas y subculturas a las que se pertenece o en las que se participa”. En el caso de los grupos étnicos que se establecieron en la mitad austral de la península de California: Pericúes, Guaycuras y Cochimíes, habían establecido una cultura basada en el conocimiento empírico de la naturaleza, el cual se había venido acumulando desde miles de años atrás. Al mismo tiempo desarrollaron rasgos de sus culturas que los hicieron distinguirse entre cada uno de ellos los cuales eran: lengua, cosmogonía, vestimenta, festejos, rituales mortuorios y otros más. El tener una certeza en su modo de vida y el perpetuarla y mejorarla de una generación a otra les garantizaba su supervivencia, el dominio sobre los terrenos de caza y pesca de los cuales subsistía y en general era aquello que los hacía sentirse orgullosos y plenos en cuanto a su propósito en la vida en este espacio peninsular.
Con la introducción del sistema misional de reducción “los monjes jesuitas buscaban evangelizar a los indios, pero también su cooperación en la defensa de las fronteras. Frente a los cambios impuestos por la evangelización: rechazar sus creencias, abandonar sus costumbres semi-nómadas, ser controlados en su trabajo…, les «permitían» mantener su idioma –sólo para usarlo entre ellos, puesto que para tratar con los sacerdotes debían usar el latín– y «dejaban» cierto poder a los caciques, jefes, de cada comunidad”. Esto como es obvio causó una gran cantidad de posicionamientos por parte de los líderes de estas etnias. Hubo algunos que los aceptaron de buen agrado ya que no veían inconveniente alguno en aceptar modificaciones en su forma de vida y a cambio recibían alimento gratuito y constante. Sin embargo también hubo otros integrantes que veían un peligro que se cernía sobre su forma de vida al obligarlos a abandonar la poligamia y algunas festividades tradicionales consideradas por los religiosos como “lujuriosas y lascivas”, con lo cual se atentaba contra la procreación y la perpetuación del grupo.
En el ejercicio de la resistencia “los sujetos reflejan hostilidades, roces y luchas que surgen como producto de las diferencias de identificación, propósitos, tendencias e intereses individuales y colectivos”. Lo anterior quedó plena y explícitamente demostrado por los brujos o “guamas” de los diferentes grupos de gentiles los cuales de forma abierta y provocadora se mostraban renuentes a aceptar la evangelización así como la cultura traída por los religiosos recién llegados. Su lucha no sólo era personal sino que permanentemente presionaban a sus coterráneos para que abandonaran los nacientes poblados y antes de hacerlo destruyeran las construcciones erigidas y asesinaran a aquellos integrantes de las tribus que habían dado la espalda a sus creencias y forma de vida ancestrales.
Los jesuitas habían pasado miles de peripecias para conseguir la autorización por parte del virrey de la Nueva España para iniciar la evangelización en estas tierras del noroeste novohispano y no se iban a rendir ante estas acometidas. “Los recursos de toda índole que se manejaron a través de la institución misional debían servir ante todo para el cumplimiento de la función evangelizadora. Tal instancia exigió una diversificación funcional de las misiones, que, para asegurar la viabilidad del proceso evangelizador, tuvieron necesariamente que utilizar aquellos mismos recursos para contrarrestar el nomadismo de los californios vinculando a éstos económica y, por ende, socialmente con los núcleos poblacionales de carácter sedentario que tendían a desarrollarse en cada cabecera misional. Es obvio que lograr esto, fijar así a la móvil población indígena, aun cuando fuera imperfectamente, con el objeto de propiciar la continuidad del contacto, implicaba en todo caso una correlativa alteración de las tradiciones culturales de pueblos nómadas de cuya práctica había dependido hasta entonces la sobrevivencia de los californios”. La principal arma de los religiosos fue el buscar ganarse la voluntad y amistad de los nativos a través de regalarles alimento. Otra de sus estrategias fue el aprendizaje temprano de su lengua, lo cual lo consiguieron estudiando un catecismo elaborado por el sacerdote Copart durante el tiempo que estuvo en el Real de San Bruno entre los años de 1683 a 1685 en donde realizó la traducción de diversos rezos a la lengua que hablaban los naturales de Loreto.
Con el paso del tiempo y ante la insistencia de los religiosos las diferentes rancherías que rodeaban al poblado del Loreto fueron cediendo en su ostracismo y se acogieron al nuevo sistema misional que se estaba implantando. Los religiosos iniciaron el proceso de evangelización de los indígenas por medio de la catequesis y el bautismo, acto por medio del cual quedaba sellado el compromiso de los naturales de abandonar sus prácticas paganas y poniendo como testigo de ello al Dios de los recién llegados. Conforme los Californios aceptaban vivir en los poblados misionales fueron aprendiendo los diferentes modos y formas de vivir en la nueva sociedad que se les imponía: empezaron a usar vestidos, cambiaron sus hábitos alimenticios, establecieron el matrimonio religioso y la monogamia como forma de regular el inicio de la vida familiar, sustituyeron sus creencias politeístas ancestrales por el nuevo catecismo católico y en fin se fueron adentrando paulatinamente en la cultura traída por los europeos.
Se entiende por aculturación a “aquellos fenómenos que resultan cuando grupos de individuos de culturas diferentes entran en contacto continuo y de primera mano, con cambios consecuentes en los patrones originales de uno o de ambos grupos” este concepto definitivamente puede aplicarse al encuentro de la cultura europea a través de la evangelización jesuítica con la cultura que detentaban los grupos humanos que habitaban la parte austral de la península de California.
Desde mi óptica personal pocos son los historiadores que han profundizado sobre el proceso y las etapas que se vivieron en esta aculturación. Por lo general la mayor parte de las investigaciones sobre la historia de los 70 años que duró la etapa misional de la Compañía de Jesús en nuestra península y su impacto en los grupos originarios se centran sobre las obras de Juan Jacobo Baegert, Miguel del Barco, Miguel Venegas y Francisco Javier Clavijero en donde se percibe a unos Californios, nombre con el que los religiosos bautizaron a los habitantes que encontraron en esta península, con un nivel de inteligencia muy primitivo, carentes de rasgos de civilización como son la escritura, obras arquitectónicas, sistema social, político y militar establecido, un sistema familia consolidado y muchas otras cosas más que los colocaban entre los grupos étnicos más paupérrimos de la geografía de la Nueva España.
Obvia decir que al describir a los naturales de esta forma, en sus crónicas y cartas que enviaban de forma regular a sus autoridades civiles y eclesiásticas, autorizaba a sus sacerdotes y enviados de la Corona para que ejercieran sobre ellos una tutela de facto y desaparecieran o por lo menos quedara a criterio del misionero los derechos que habían sido consagrados en diferentes documentos elaborados por los monarcas españoles y que eran aplicables para los habitantes ancestrales de estas tierras.
Al analizar las obras de los autores ya mencionados, encontramos aspectos de la personalidad y cultura de los integrantes de los diferentes grupos étnico en los que coinciden, sin embargo también apreciamos diferencias sustantivas. Mientras que por ejemplo en la obra del Alsaciano Baegert se describe a los naturales de la siguiente manera: “Por regla general, puede decirse de los californios que son tontos, torpes, toscos, sucios, insolentes, ingratos, mentirosos, pillos, perezosos en extremo, grandes habladores y, en cuanto a su inteligencia y actividades, como quien dice, niños hasta la tumba; que son gente desorientada, desprevenida, irreflexiva e irresponsable; gente que para nada puede dominarse y que en todo siguen sus instintos naturales, igual a las bestias”. En contraste Miguel de Barco encuentra una buena cantidad de virtudes y habilidades en los Californios como lo describe en este párrafo de su obra: “El tiempo de las cosechas de las pitahayas era como el tiempo de su vendimia. En él estaban más alegres y regocijados que en todo lo restante del año. "Los tres meses de la pitahaya (dice el venerable padre Salvatierra) son como en algunas tierras de Europa los tiempos de carnestolendas, en que en buena parte salen de sí los hombres. Así estos naturales salen de sí, entregándose del todo a sus fiestas, bailes, convites de rancherías distantes, y sus géneros de comedias y bufonadas que hacen, en que suelen pasarse las noches enteras con risada y fiesta, siendo los comediantes los que mejor saben remedar, lo cual hacen con grande propiedad. Cuanto a los bailes, notó el mismo padre, que tenían suma variedad y no poca destreza. Tuvimos aquí (dice) las fiestas de pascua de Navidad con mucho gusto y devoción, y de los indios también, asistiendo algunos centenares de catecúmenos a las fiestas, haciendo también sus bailes los cristianitos más de ciento. Y son sus bailes muy diferentes de los que usan las naciones de la otra banda; pues tienen más de treinta bailes, y todos diferentes, y todos en figura, ensaye y enseñanza de algunas cosas esenciales para la guerra, para la pesca, para caminar, enterrar, cargar y cosas semejantes; y se precia el niño de cuatro y de tres años de salir bien del papel de su baile, como si fueran ya mancebos de mucha emulación y juicio: cosa que nos dio a todos mucho divertimiento de verlos".
Estos contradicciones surgen en primer lugar de la personalidad de los escritores ya que ambos a través de sus escritos nos dejan ver su actitud, por un lado la biliosa y amargada de Baegert, y por otra la erudita y escolástica de Del Barco, sin embargo en ambos documentos perdura la visión del “buen salvaje” que se basaba en las enseñanzas de Aristóteles en su obra “Política”, no siendo considerados, los californios, más que “siervos por naturaleza”. Es por lo anterior que se empezó a gestar un concepto de dominación por parte de los Misioneros y al cual buscaron apegarse durante toda su estancia en estas tierras. Max Weber sostiene lo siguiente sobre este concepto “No toda dominación se sirve del medio económico. Y todavía menos tiene toda dominación fines económicos. Pero toda dominación sobre una pluralidad de hombres requiere de un modo normal (no absolutamente siempre) un cuadro administrativo, es decir, la probabilidad, en la que se puede confiar, de que se dará una actividad, dirigida a la ejecución de sus ordenaciones generales y mandatos concretos”
En la mayoría de los casos los Misioneros promovieron el cambio cultural de los Californios de manera pacífica y a través de las buenas maneras y la entrega de regalos, aquí describimos un ejemplo de ello: “Mas este grande hombre (Juan de Ugarte), animado de un verdadero celo, no contento con enseñarles los misterios de la religión cristiana y procurando arrancar de sus corazones el apego que tenían a sus doctores y a sus antiguas supersticiones, se tomó el arduo empeño de civilizarlos, enseñándoles aquellas artes y acostumbrándolos a aquellos trabajos que requiere la vida social. Lo que tuvo que sufrir de unos hombres acostumbrados a una perpetua ociosidad y a una libertad desenfrenada, podrá en algún modo imaginarse, pero no puede expresarse suficientemente”. sin embargo cuando se topaban con actitudes reacias o agresivas no dudaban en convencer a los recién bautizados para que delataran a los cabecillas más renuentes y a pedir a los soldados les infringieran graves castigos. Sobre este último punto también urdieron estratagemas los ignacianos las cuales les valieron granjearse el respeto y cariño de los naturales por su magnanimidad al suspender algunos castigos o conmutarlos por regaños severos como a continuación se describe: “Les ponderó, mediante el intérprete, sus delitos por los cuales, ya que no les diese la pena que ellos merecían, les condenó a castigo de azotes, que sufrirían en público por algunos días; para que aprendiesen a vivir en paz y a no hacer daño a aquellos de quienes no le recibían. Súpose que diez o doce de estos prisioneros fueron los principales y más culpados en los alborotos y muertes ya referidas, y contra éstos se decretó el castigo. Sacáronlos afuera a recibirle a vista de la gente de la misión, mas, a los ocho o diez azotes que recibía cada uno, salía el padre Linck, y pedía al cabo que les perdonara los restantes. Este los hacía entender que debían agradecer al padre el que intercediera por ellos, porque de otra suerte él los haría sufrir por lo menos veinticinco azotes cada día, volviéndolos a la prisión, en donde el padre misionero los proveía de comida. Al siguiente día los volvieron a sacar a recibir su penitencia delante de todos, y sucedió lo mismo que el antecedente; a pocos azotes, salía el padre a interceder por ellos; cesaban los azotes, y los volvían al cepo. Con esta penitencia prosiguieron siete u ocho días, hasta que el castigo fue ablandando poco a poco a aquellos corazones duros, y suavizando la ferocidad de aquellos bárbaros, que a los primeros días se habían mostrado impacientes y airados, como si dieran a entender que, si se vieran libres, sabrían vengarse bien del tratamiento que ahora recibían”.
Los Californios estaban muy lejos de recibir de forma pasiva y de buen talante las modificaciones que los jesuitas proponían a su modo de vida, a su identidad. Desde los primeros encuentros hubo desacuerdos más o menos marcados en los cuales los naturales dejaban ver claramente que aceptaban los regalos de alimento, ropas y otras bagatelas que les ofrecían los Misioneros pero que distaba mucho de estar dispuestos a aceptar de facto el abandono de su modo de vida, de sus creencias, de su cultura. En muchos de estos desencuentros de no ser por la presencia de los soldados y el uso de las armas de fuego y los perros, a los cuales los naturales tenían mucho miedo, quién sabe cómo habría sido la suerte de los colonos. Seguramente hubieran perecido bajo las lluvias de flechas, piedras y lanzas que solían lanzar los Californios en sus combates con enemigos, en el siguiente relato se comprende lo que menciono: “El principal y más ruidoso fue que los gentiles, que vivían como a treinta o más leguas de distancia al norte de San Borja, teniendo noticia que en Adac se había establecido un padre, y que la gente de aquellas cercanías ya se había hecho cristiana, extendiéndose a gran prisa esta reducción hacia el norte de Adac, y que los gentiles que mediaban entre ellos y los cristianos, no sólo estaban en paz y amistad con éstos, sino que mostraban o habían declarado querer también ellos seguir el mismo ejemplo, se enojaron tanto contra ellos que, convocando a otros sus vecinos, determinaron hacerles guerra a sangre y fuego y matarlos a todos, para impedirles así el hacerse cristianos, queriendo antes verlos muertos a sus manos que con una nueva religión tan contraria a sus bárbaras costumbres. Con este intento estos enemigos del nombre cristiano igualmente que preciados de valientes, acometieron a una ranchería de los gentiles de paz, mataron a algunos, y huyeron los demás. Después dieron sobre otra, o varias otras rancherías, en que mataron gran número de gente que parecía tan cercana ya a recibir la santa fe”.
Cada vez que estos sacerdotes iniciaban una nueva exploración o establecían un núcleo misional, se desataba entre los naturales gran revuelo en donde demostraban de forma sutil, y en otras no tanta, su rechazo por la llegada de estas colonos y por la cultura que intentaban imponerles. En la siguiente crónica jesuítica queda de manifiesto este rechazo “Al salir de esta ranchería, como a tiro de piedra, vieron una planta de pitahaya, toda destrozada, hecha añicos, y de ella algunos pedacillos mayores estaban clavados contra el suelo con estacas o palos aguzados. Lo que interpretaron los indios amigos y españoles prácticos ser hecho a fin de declararnos enemigos y rompernos guerra. Hasta la ranchería de Anirituhué, cuyos habitantes estaban aquí en Aripité, fuimos con todo cuidado”.
Estos actos de resistencia por parte de los naturales se repitieron incesantemente y desembocaron en el año de 1734 en la gran rebelión de los Pericúes en donde fueron asesinados los sacerdotes Carrancó y Tamaral así como decenas de los naturales que ya se habían bautizado y la destrucción de los templos de los poblados de Santiago, San José del Cabo, Todos Santos y La Paz. Este movimiento abarcó a una gran cantidad de naturales así como prácticamente a todo el territorio que habían explorado los jesuitas. Estuvo a unos pasos de perderse definitivamente la colonización de la California. En este párrafo escrito por el sacerdote Clavijero se expresa la furia con la que manifestaron los naturales su encono contra uno de los sacerdotes asesinado “El padre Carranco había dicho misa poco antes, y se había retirado a rezar el oficio a su aposento, donde los indios le hallaron de rodillas. Se puso de pié para leer la carta que ellos le traían del padre Tamaral, y cuando estaba leyéndola atentamente, entró la chusma de conjurados; dos de ellos se apoderaron de él inmediatamente y le sacaron fuera de la casa y le tuvieron suspenso del hábito, mientras los otros le dispararon sus flechas. Entonces a palos y a pedradas le acabaron de quitarla poca vida que le quedaba, enfureciéndose más cruelmente contra él aquellos desgraciados bárbaros cuando le vieron en estado de no poderse defender”. Afortunadamente la llegada de refuerzos militares de Sonora y Sinaloa encabezados por Manuel Bernal Huidobro, Gobernador de Sinaloa, lograron la pacificación aparente de estos grupos belicosos y el castigo de los principales cabecillas.
Fueron constantes las muestras de rebeldía por parte de los californios ya sea atentando contra la vida de los sacerdotes o a través de alzamientos de rancherías motivadas por algún hechicero inconforme al ver desaparecer su forma de subsistencia y la falta de seguidores para con sus creencias lo cual atribuía directamente a las arengas de los misioneros hacia los catecúmenos. Además de lo anterior a los neófitos se les imponía la obligación de destruir sus objetos de culto tradicional como muestra de arrepentimiento y su deseo de seguir la vida cristiana, lo anterior queda expresado en este párrafo: “En otra ocasión trajeron al padre un envoltorio grande, en donde venían los adornos e instrumentos gentílicos que usan en sus fiestas, para quemarlo, como se acostumbra cuando vienen a bautizarse”.
Como muestra de acciones de resistencia y represalia que llevaron a cabo los Californios ante la insistencia de los religiosos por cambiar su forma de vida se describe continuación lo siguiente “Procuraba pues el padre Wagner que en su misión se acabase cuanto antes la hechicería, y por esto incurrió en el odio de algunos hechiceros, y sus aficionados, y tanto que intentaron quitarle la vida. Mas, como casi toda la gente de la misión estaba contenta y estimaba mucho a su misionero, no se atrevían los conjurados a acometerle a cara descubierta. Una noche, poco después de anochecido, se había sentado el padre junto a la puerta de su casita, para algún desahogo del calor que hacía y, pareciéndole a uno de los malcontentos buena esta ocasión para matarlo pues estaba solo, se escondió a pocos pasos de allí y disparó una flecha. No hirió al padre mas, pasando inmediata a su cabeza, dio con tal ímpetu en la pared de la casa, que era de piedra, que quedó clavada en ella”.
Interesantes son las narraciones que nos dan cuenta del proceso de dominación que vivieron los Californios y cómo paulatinamente fueron perdiendo su identidad hasta llegar a diluirse completamente con la muerte de todos ellos.
Bibliografía:
Aguirre G, 1970. El proceso de aculturación en México, ed. Universidad Iberoamericana, México. 208 p.
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Clavijero F, 1852. Historia de la Antigua ó Baja California / obra póstuma del Padre Francisco Javier Clavijero, de la Compañía de Jesús; traducida del italiano por el presbítero don Nicolás García de San Vicente, ed. Juan Navarro, México. 252 p.
Del Río I, 1998. Conquista y aculturación en la California jesuítica, 1697-1768, ed. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, México. 238 p.
Del Barco M, 1988. Historia natural y crónica de la antigua California. Adiciones y correcciones a la noticia de Miguel Venegas, 2a. ed. corregida, estudio preliminar, notas y apéndices por Miguel León-Portilla, ed. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, México. 482 p.
Guillén C. Expedición a la nación guaycura en California y descubrimiento de la gran bahía por tierra. Anales del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía. Num. 28 Tomo III (1936-1938) Quinta Época (1934-1938)
JAAC, 2013. Misiones jesuíticas: Argentina, Paraguay y Brasil. https://saltaconmigo.com/
Vargas J, 2012. A propósito de la resistencia como propuesta teórica del estudio histórico, TIEMPO Y ESPACIO, Universidad del Bío-Bío, Chile. 7-22 pp.
Weber M, 2012. Sociología del poder: Los tipos de dominación, ed. Alianza, 256 p.
MARIO BENEDETTI, EN EL PRIMER CENTENARIO DE SU NACIMIENTO
Autor: Sealtiel Enciso Pérez
Para las generaciones que a partir de los años sesentas disfrutábamos leyendo poesía y narrativa hispanoamericana, Mari Benedetti fue guía y refugio de nuestras añoranzas y pesares. Sus poemas profundos y cautivantes nos enamoraban y escuchar a Nacha Guevara o a Joan Manuel Serrat cantar sus hermosos versos era tarea obligada en facultades universitarias, noches bohemias o en reuniones de amigos. No cabe duda que el mundo, desde que Benedetti saltó a la escena literaria ha cambiado, y lo ha hecho para bien.
Mario Benedetti Farrugia nació el 14 de septiembre de 1920 en el pueblo de Paso de los Toros en Uruguay. Desde muy joven se dedicó a trabajar en diferentes oficios, en primer lugar para ayudar a la economía familiar y sostener sus estudios, y posteriormente cuando se casó, a la edad de 26 años, con la que sería su gran amor durante 60 años de matrimonio, Luz López Alegre, para mantener a su nueva familia. Durante su larga vida de 88 años incursionó en los géneros literarios de la novela, poesía, periodismo y dramaturgia. También fue político militante de izquierda lo que le valió ser exiliado por las dictaduras militares genocidas que gobernaron por muchos años su amado Uruguay. También incursionó con mucho éxito en la escritura de guiones para películas (La ronda de los dientes blancos, La tregua, Dale nomás, Gracias por el fuego y El lado oscuro del corazón). Escribió 8 libros de cuentos, 1 drama, 7 novelas, 41 libros de poesía, 22 ensayos, 12 artículos de fondo en periodismo y grabó en 18 discos participaciones declamando sus poemas.
Dentro de la vasta lista de reconocimientos que le fueron otorgados, sobresalen: la Orden Félix Varela por parte del Consejo de Estado de Cuba, Premio Llama de Oro a su novela Primavera con una esquina rota, otorgado por Amnistía Internacional en Bruselas, Medalla Haydée Santamaría por parte del Consejo de Estado de Cuba, Profesor Honorario por la Universidad de Buenos Aires, Argentina, Medalla Gabriela Mistral, Chile, Premio Especial Bartolomé Hidalgo a su obra ensayística, Uruguay, Profesor Emérito en la Facultad de Humanidades y Ciencias, Uruguay, Orden de la Democracia en el grado Gran Cruz, por parte de la Cámara de Representantes de Colombia, Gran Premio Nacional a la Actividad Intelectual, Ministerio de Educación y Cultura, Uruguay, VIII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, España y muchas otras más.
Sin embargo considero que el mayor premio que se llevó de este mundo el señor Benedetti fue el gran impacto que tuvo su poesía en las mentes de los jóvenes que por más de 60 años las hemos recitado y cantado.
Quien no hace ruborizar a su amada al recitarle aquella parte del poema Hagamos un trato cuando dice “Es tan lindo saber que usted existe, uno se siente vivo y cuando digo esto quiero decir contar aunque sea hasta dos aunque sea hasta cinco no para que acuda presurosa en mi auxilio sino para saber a ciencia cierta que usted sabe que puede contar conmigo”. O cuando al acariciar esas hermosas mejillas, se nos viene a la mente aquella parte del poema Informe sobre caricias: “La caricia es un lenguaje si tus caricias me hablan no quisiera que se callen. La caricia no es la copia de otra caricia lejana es una nueva versión casi siempre mejorada. Es la fiesta de la piel la caricia mientras dura y cuando se aleja deja sin amparo a la lujuria. Las caricias de los sueños que son prodigio y encanto adolecen de un defecto no tiene tacto. Como aventura y enigma la caricia empieza antes de convertirse en caricia”.
Recuerdo que cuando cursaba mi estudios en la Escuela Normal Urbana, me sentía muy triste y frustrado, acababa de sufrir un desamor, de esos que uno cree imposibles de recuperarse para toda la vida, cuando desganado leí el poema No te salves, me ayudó a salir de este estado y dejó una honda huella que recuerdo hasta hoy:
“Pero, si pese a todo no puedes evitarlo
Y congelas el júbilo y quieres con desgana
Y te salvas ahora y te llenas de calma
Y reservas del mundo solo un rincón tranquilo
Y dejas caer los párpados pesados como juicios
Y te secas sin labios y te duermes sin sueño
Y te piensas sin sangre y te juzgas sin tiempo
Y te quedas inmóvil al borde del camino y te salvas
Entonces
No te quedes conmigo”
Y a quien de mi generación no le vibró el ser y el alma al escuchar a Nacha Guevara, esa cantante argentina, flacucha, de nariz aguileña, ojos negros y de mirada profunda, con una voz desafinada pero cargada de sentimiento genuino, que cantaba esa hermosa poesía de Benedetti, Te quiero:
“Tus manos son mi caricia mis acordes cotidianos te quiero porque tus manos trabajan por la justicia. Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos. Tus ojos son mi conjuro contra la mala jornada te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro. Tu boca que es tuya y mía tu boca no se equivoca te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía. Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos. Y por tu rostro sincero y tu paso vagabundo y tu llanto por el mundo porque sos pueblo te quiero. Y porque amor no es aureola ni cándida moraleja y porque somos pareja que sabe que no está sola. Te quiero en mi paraíso es decir que en mi país la gente viva feliz aunque no tenga permiso. Si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos”.
Y no quiero cerrar esta remembranza, que más parece una elegía, sin recordar aquellos hermosos versos que cantara Serrat a Benedetti y son parte de la poesía El sur también existe:
“Pero aquí abajo… abajo, cerca de las raíces, es donde la memoria ningún recuerdo omite, y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven, y así entre todos logran lo que era un imposible, que todo el mundo sepa que el Sur también existe”.
Gracias Maestro Mario Benedetti, porque llenó de esperanza a millones de jóvenes que no la teníamos, que hizo palpitar de orgullo a nuestros corazones por ser “del sur” y ser de la América criolla, de esa América a la cual perteneció y pertenece y de la que nos hizo sentir orgullosos. Puede descansar en Paz, que aquí sus versos quedan.
Bibliografía:
El Mundo Libro, (2001). Biografía de Mario Benedetti.
Benedetti, M. (2017). La tregua.
Benedetti, M. (2011). Antología poética.
LA MUERTE DE ILDEFONSO LÓPEZ EN LA ANTIGUA CALIFORNIA. ¿CRIMEN O ACCIDENTE?
Autor: Sealtiel Enciso Pérez
La historia escrita de los sucesos en la Antigua California es una fuente de consulta a la que podemos tener acceso a través de los documentos resguardados en el Archivo Histórico de Baja California Sur “Pablo L. Martínez”. En el caso que hoy nos ocupa afortunadamente se han preservado las declaraciones y procedimientos legales que dan cuenta de las aristas de este suceso y del desenlace del mismo.
El suceso que vamos a mencionar ocurrió en la Misión de San Vicente Ferrer (actualmente en el estado de Baja California) durante el año de 1810. En esa época las misiones de la península de Baja California languidecían por el abandono en que se encontraban por parte de la corona Española y su representante en la Nueva España. La población nativa había decrecido hasta el punto de desaparecer en la mitad sur de la península y, en el norte, los grupos indígenas se resistían tenazmente a vivir en centros misionales o tener que servir a los sacerdotes en las misiones. La península se encontraba dividida en la Alta y Baja California y, además para finales del siglo XVIII se había formado en los límites entre estas dos demarcaciones una Comandancia Militar de las Fronteras con cabecera en la misión de San Vicente Ferrer. El veterano militar José Manuel Ruiz Ibáñez, teniente de caballería, había sido designado como Comandante de este Departamento por lo que a él le correspondía resolver cualquier situación extraordinaria que ocurriera, como lo fue en este caso.
Aproximadamente entre las 4 y 5 de la tarde del 25 de junio de 1810 dos mujeres “gentiles” (no bautizadas) acudieron a la presencia del Teniente Ruiz para notificarle que habían encontrado en San Jacinto, el cuerpo de un joven “tirado en un portezuelo”. Las mujeres procedieron a ver lo que le pasaba y se percataron que estaba muerto por lo que de inmediato acudieron a dar parte a la autoridad. El Comandante José Manuel ordena al sargento Juan Ibáñez que se haga acompañar de los soldados Juan Pedro Caspio y Diego Camacho y se traslade al sitio que comentan las mujeres a efecto de verificar la veracidad del suceso y en caso de ser afirmativo, que realice las diligencias para trasladar el cuerpo hacia la misión. El sargento Ibáñez cumple lo ordenado y al llegar al lugar encuentran el cuerpo de un joven de aproximadamente unos 15 años, el cual en vida respondía al nombre de Ildefonso López y era habitante de la Misión de San Vicente (Californio bautizado). Al hacer una inspección superficial del cuerpo encuentran golpes en la cara y espalda (al parecer propinados con una reata) y en el pecho un “aplastamiento” tal vez producido por la pezuña de un caballo. Al difunto no se le encontraron más pertenencias que el taparrabo que traía puesto. Finalmente el sargento Ibáñez trasladó el cuerpo de Ildefonso López a la misión en donde el sacerdote le dio sepultura.
Conforme fueron avanzando las pesquisas sobre el caso se encontró a un testigo presencial, un Californio gentil vecino de la Misión de nombre Diego Almud y por señas particulares carecía de un ojo (tuerto). En el mes de septiembre se procedió a tomarle declaración a Almud y para ello se le pidió a otro de los habitantes de la misión, Pedro Benito Barrera, que fungiera como intérprete, lo anterior debido a que Almud declaró no saber hablar español. En su declaración Diego Almud aseguró que el difunto Ildefonso López, había hurtado un caballo perteneciente a los guardias del presidio y que había huido con él con rumbo a “una ranchería de gentiles que estaba arriba del arroyo de los alisos”. También comentó que él salió ese día de la Misión de San Vicente con el mismo rumbo que el californio muerto. Al llegar a la ranchería observó que el soldado José María Salgado perseguía a Ildefonso y que al atraparlo procedió a amarrarlo con una reata que traía para tal efecto. Una vez que lo inmovilizó procedió Salgado a interrogarlo sobre el paradero del caballo y como Ildefonso no quería confesar lo jaló de los cabellos y lo golpeó varias veces en el rostro con la reata. Al final confesó que el caballo estaba escondido a un lado de la ranchería. Sin describir el motivo, Almud comentó que el soldado Salgado le quitó su arco y se lo quebró en la cabeza para posteriormente proceder a amarrarlo con la misma cuerda que sujetó a Ildefonso y finalmente procedió a llevarlos maniatados de regreso a la Misión.
En esta interesante declaración, Diego Almud menciona que durante todo el camino el soldado Salgado los golpeó en la espalda con la reata y que al exigirle que dejara de hacerlo porque lo acusaría con el Teniente o con el padre, el militar le gritó: “¡más que te quejes no me han de hacer nada, yo soy maldito!”. En reiteradas ocasiones Ildefonso se tiró al suelo, quizás por las molestias que sentía por la cuerda que traía amarrada al cuello, fue en ese momento que el soldado Salgado decide liberarlo y de forma intempestiva el prisionero aprovecha para huir a toda prisa. El soldado sube a su caballo y va en su persecución, hasta que lo alcanza y empieza a golpearlo con su reata y fue en ese momento que el caballo pasa por encima del joven Ildefonso, pisándole el pecho. Almud finaliza esta parte de su declaración asegurando que: “luego (Ildefonso) empezó a echar sangre por la boca y las narices que parecía ya se estaba muriendo”. El Soldado Salgado dejó abandonado a Ildefonso y condujo a Almud a la Misión de San Vicente “con azotes y patadas”. Al preguntarle porqué consideraba él que el soldado Salgado lo había apresado dijo que “nada ha hecho”.
Posteriormente, el 24 de septiembre, se procedió a tomar declaración al soldado José María Salado, acusado del delito de asesinato. Algunos datos que se rescataron de este documento fueron los antecedentes personales del joven: “José María Salgado, hijo de José María, cabo retirado de esta compañía y de María Concepción Morillo. Natural de este presidio de Loreto, dependiente del gobierno de la Baja California y avecindados en el expresado presidio. Su oficio, campista; su estatura, cinco pies cuatro líneas; su edad, diecisiete años; su religión, Católico Apostólico Romano; sus señales estas: pelo negro, ojos pardos, ceja negra, cara larga, algo abultada, nariz ancha y larga, color trigueño. Sentó plaza voluntariamente por diez años en la compañía del real presidio de Loreto el día 1o de agosto de 1806”.
En su declaración, Salgado dijo que habiendo dejado amarrados dos caballos, detrás del sitio donde hacen su guardia los soldados, al ir a revisarlos se dio cuenta que faltaba uno de ellos. Escudriñó con detalle el sitio y encontró que al caballo lo habían hurtado, por lo que de inmediato fue a dar parte al Cabo de Guardia y le solicitó su autorización para buscar el caballo. El cabo no sólo le dio esa autorización sino que le ordenó que si lograba capturar a los Californios que habían cometido el robo los trajera a la misión. El soldado Salgado empezó a seguir el rastro del caballo el cual lo llevó a una ranchería. Al llegar todos los que ahí se encontraban emprendieron la huida sin embargo él reparó en un bulto que estaba tapado, al ordenar que se descubriera, se percató que era un cristiano de la misión de nombre Ildefonso López. Le hizo una inspección superficial y encontró que estaba sudado “de la entrepierna” (por haber cabalgado sin utilizar una silla o tela) y con muchos pelos de caballo”. De inmediato procedió a amarrarlo “con piedad” según su dicho. Mientras estaba en esta ocupación se acercó otro Californio al cual reconoció como Diego Almud, concluyó que él había sido el cómplice de López por lo que le ordenó que dejara su armas, sin embargo Almud opuso cierta resistencia por lo que Salgado le propinó varios golpes en la cabeza con su propio arco hasta rompérselo lo que terminó en el sometimiento del Californio y su aprisionamiento. Salgado procedió a rescatar al caballo que le habían hurtado y emprendió el camino de regreso llevando a los supuestos ladrones amarrados y caminando.
Según lo declarado por el soldado Salgado conforme iban avanzando los dos cautivos empezaron a “echarse la culpa uno a otro de quién había robado el caballo”. Según este soldado “ambos hablaban castilla y por eso los pude entender”, pero de acuerdo a lo que se sabe, Diego Almud, no hablaba ni comprendía el español motivo por el cual se le tuvo que designar a un intérprete. Fue durante este intervalo que Ildefonso se dejó caer al suelo en dos ocasiones y como Salgado sospechaba que fuera un distractor, le dio varios golpes con la reata para obligarlo a levantarse. Lo golpeó en la espalda y en la cara, lo que hizo que Ildefonso le agarrara la reata para que no pudiera seguir golpeándolo, ante esto salado le da un golpe en la cara y el californio “se dejó caer en las manos del caballo y como el caballo era muy brioso no lo pude detener, pasó por encima de él y lo pisó”. En ese momento se percata que Ildefonso “echaba alguna sangre por las narices” pero desconfiando de él, el soldado le pega varios golpes con la reata lo que hace que se levante y procede a amarrarle las manos por la espalda. Conforme siguieron caminando Ildefonso “se dejó caer de cabeza otra vez, le tiré otro azote desde el caballo a que se levantara, no quiso levantarse, me apeé yo del caballo y lo alevanté, luego que lo solté se dejó caer otra vez, le dije que si quería subir en el mismo caballo en que se había ido que lo subiría, entonces ya se sentó, arrimé el caballo para subirlo, le mandé que se parara, no se paró, lo volví yo a levantar, y en cuanto lo subí, se volvió a dejar caer. Yo tenía ya muncha [sic] sed, el sol [estaba] muy caliente, ya determiné el dejarlo, le quité las ataduras y me vine a la misión solo con el gentil tuerto y llegué a la misión, se lo entregué al cabo de guardia y le di parte de lo sucedido”.
La declaración de José María Salado Morillo (Murillo) finaliza diciendo que cuando él dejó a Ildefonso López estaba vivo. Resalta una pregunta muy interesante que aparece en el acta de declaración del soldado: “Preguntado: ¿les tiene vuestra merced odio a los indios? Respondió: que no, que siempre les ha visto con amor y caridad”.
Es importante constatar que este juicio se llevó a cabo de una manera formal y profesional siguiendo las normas dictadas en esa época. José Manuel Ruiz le reconoció a Salgado el derecho de nombrar un abogado entre la gente de su confianza siendo Juan Ignacio Seceña (así aparece escrito en los documentos) sexto cabo de la compañía, el designado para tal fin. Aunado a lo anterior se realizó una sesión de careo entre el acusado y el único testigo, en donde ambos ratificaron su dicho. Es interesante el referenciar que entre los documentos de este caso se encuentra un escrito que entregó el soldado acusado en el cual se da cuenta que el día en que ocurrieron los hechos, este militar acudió como a eso de las 5 de la tarde “a tomar lo sagrado” (tal vez sea la confesión) en la iglesia del sitio. Este documento fue extendido por el “Reverendo Padre Fray José Duro, religioso dominico y actual ministro de esta misión de San Vicente”. Es también digno de mencionar que el 27 de septiembre de dicho año, el cabo Ignacio Manuel Seseña se presentó ante el teniente Ruiz y renunció al encargo de abogado con el que Salgado lo había electo.
Finalmente el caso se resolvió el día 28 de septiembre, dejando constancia del veredicto el cual transcribo a continuación: “Vistas las declaraciones, cargos y confrontaciones contra José María Salgado, soldado de la compañía del presidio de Loreto, acusado de haber atropellado por casualidad a un indio de esta misión llamado Ildefonso López, de cuyas resultas se le originó la muerte. Aunque está convencido de esta casualidad, no contemplo se le deba aplicar y sentenciar la pena que merecen a los que de intento cometen este crimen, como su majestad manda en sus reales ordenanzas y concluyo por el Rey a que se pase a continuar sus servicios al presidio de San Diego por el tiempo que le falte de cumplir”. Con lo anterior quedó en libertad el inculpado y simplemente se dispuso que se cambiara a otra Misión.
En la actualidad podemos analizar este caso desde otra óptica y quizá a la conclusión que lleguemos sea muy diferente de la concluida por el Teniente Ruiz Ibáñez, sin embargo hay que considerar que en esa época el “valor” que se daba a la declaración de un mestizo estaba por encima de la de un natural de las Californias. También es importante mencionar que en esos años los soldados eran los encargados de ejercer los castigos a que se “hicieran acreedores” los Californios por delitos cometidos, muchos de ellos eran penas corporales como azotes y mantenerlos en el “cepo” hasta que se considerara que habían expiado su falta. Lo anterior originaba que muchos de los soldados se sintieran con el derecho de ejercer la violencia física y verbal contra los Californios y que hubiera cierta tolerancia de parte de sus autoridades.
Estos relatos aún vagan por entre las cajas del Archivo Histórico “Pablo L. Martínez” esperando que algún investigador acucioso dé cuenta de ellos y nos traiga al presente para que partiendo de ellos podamos tener una idea más clara de nuestro pasado y obtener nuestras propias conclusiones
Bibliografía:
Proceso José María Salgado, Loreto, 25 de junio de 1810 - Archivo Histórico de Baja California Sur “Pablo L. Martínez”. Acervo documental del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California, doc. 207, inv. 4.19, folios 697-718. Transcripción del documento por Melissa Rivera Martínez y Luis Eduardo Gomara Chávez.











